El Sello de la Rosa

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Poemas y pensamientos de Laura Zyanya Bastida.
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lunes, 28 de abril de 2014

Relato homenaje al GABO


EL FUNERAL PEREGRINO
POR: Andrés Simón Moreno Arreche – Montreal,  abril 18 / 2014

Un perro cenizo, con los ojos azules y un lucero en la frente, esquivó la hojarasca que azotaba Macondo aquel jueves santo. Su trote era vigoroso porque intentaba emparejar a la pob
lada que marchaba tres calles delante de él, con un enjambre de mariposas amarillas revoloteándoles al paso.
El obispo, casposo y de piel azulada, encabezaba la procesión de los funerales acompañado por la abadesa Josefa María y tras ellos se desgranaba una poblada que marchaba compacta y silenciosa, hasta que doblaron el último recodo de la calle principal y enderezaron hacia el cementerio. Fue Cayetano María, el padre de Eréndida, quien interrumpió aquel escandaloso silencio:
.- "¿Quien murió en la mala hora?" -preguntó Cayetano, aún de luto, mientras continuaba arrastrando los pies dentro del pelotón que marchaba.
.- "Dicen que fue un patriarca, en la placidez de su otoño" - respondió Aureliano Buendía - "pero nadie de los de acá le conoce".
.- "Y entonces ¿a qué se debe esta multitud?"
.- "! Vaya usted a ver!... Adelántese y pregúntele al obispo".

La procesión continuó bajo la resolana de las tres de la tarde. Fluía como chocolate espeso, suave y lentamente, por la calle enterronada y continuó compacta hasta que todos entraron en el camposanto. Los portadores bajaron la urna con cierta torpeza, al lado de la inmensa fosa y de seguidas el obispo comenzó con las oraciones de responso en un latín mustio y gutural. Al finalizar el rezo, y sin que nadie lo ordenara, los marchantes descendieron, uno a uno, hacia el foso mortuorio por una endeble escalinata de madera. Cuando todos quedaron reunidos allá abajo el obispo se le quedó mirando a Cayetano Delaura que se resistía a bajar. Lo interrogó con la mirada... le señaló la escala con un gesto, y fue entonces que asumió aquella realidad, mágica pero cierta.
.- "¿Cuándo murió?"
:- "Ayer, nomás"
.- "Entonces... todos ellos son..."
.- "Si, están todos"
.- "Pero... ¿Por qué? Nosotros estamos vivos"
.- "Están vivos, pero no viven. Ahora serán como él".
.- "¿Muertos en vida?"

El obispo le lanzó por la espalda las últimas gotas del agua bendita mientras bajaba por la escalinata. Tras él descendía con cierta irregularidad, el ataúd de caoba mientras los personajes del periodista le abrían un espacio. Las primeras paladas de tierra asombraron a la pequeña multitud reunida en el foso y para sorpresa del señor obispo y de la abadesa, se mantuvieron de pie, como quien se abandona al inevitable chaparrón de una lluvia inesperada, y cuando todos estuvieron convenientemente enterrados junto a su autor, el obispo y la abadesa retornaron a Macondo, desandando sus pasos.
.- "¿Para qué los enterramos con él?" - dijo la mujer con una angustia pecaminosa.
.- "Era necesario e inevitable. Es el requisito mortal para resucitar"
Entonces los dos religiosos prosiguieron con el regreso, y mientras se acercaban a la calle real no les sorprendió comprobar cómo a su paso, también Macondo desaparecía.

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